
Publicado por: Ángel Amilibia Hergueta | ISNI: 0000000517782974
Notas un bulto. Una sensación de peso en la parte baja del abdomen que empeora al final del día, o al levantar peso, o al toser. Y una idea que da vértigo: que algo «se está saliendo».
Se llama prolapso uterino y es mucho más frecuente de lo que se habla: afecta a una proporción muy alta de mujeres tras la menopausia, y la mayoría tarda años en consultarlo. Esta guía explica qué es, qué grados existen, por qué aparece y qué opciones hay, empezando por las que no implican cirugía.
El útero se mantiene en su sitio gracias a una red de ligamentos y músculos del suelo pélvico que funcionan como una hamaca. Cuando esa hamaca pierde tensión y soporte, el útero desciende por el canal vaginal.
Ese descenso es el prolapso uterino, y forma parte de un grupo más amplio: el prolapso de los órganos pélvicos. No solo baja el útero. Con frecuencia descienden también:
Lo habitual es que coexistan varios, y eso importa porque condiciona el tratamiento: tratar solo uno cuando hay tres puede dejar los síntomas prácticamente igual.
Se clasifica según hasta dónde llega el descenso, tomando como referencia el himen:
| Grado | Hasta dónde desciende | Síntomas habituales |
|---|---|---|
| I | Desciende, pero se queda en la mitad superior de la vagina | Ninguno o muy leves |
| II | Llega cerca de la entrada vaginal | Peso, bulto al esforzarse |
| III | Asoma al exterior | Bulto visible, molestias claras |
| IV | Sale por completo | Prolapso total, muy sintomático |
Igual que ocurre con otros problemas del suelo pélvico, el grado no siempre se corresponde con las molestias. Hay mujeres con un grado II que lo pasan mal y mujeres con un grado III que apenas notan nada. El tratamiento se decide por los síntomas, no por la clasificación.
Lo más característico es que empeoran a lo largo del día y con el esfuerzo, y mejoran al tumbarse:
Un detalle que ayuda a reconocerlo: si tienes que empujar el bulto con los dedos para poder orinar o defecar —lo que se llama maniobra digital— es un síntoma bastante específico y merece consulta sin esperar.
El prolapso es el resultado de una suma de factores que van debilitando el soporte a lo largo de los años:
Hay tres dudas que aparecen siempre y que rara vez se plantean en voz alta en la consulta.
¿Se puede salir del todo? En los grados avanzados el útero puede quedar fuera de forma permanente, y esa es la situación que más asusta. Ocurre en una minoría de casos y casi siempre tras años de evolución sin tratamiento. Consultar en fases iniciales es precisamente lo que evita llegar ahí.
¿Puedo mantener relaciones sexuales? Sí. El prolapso no lo impide, aunque puede resultar incómodo según el grado y provocar sequedad o molestias. No es peligroso ni empeora por mantener relaciones. Si duele, hay soluciones concretas —lubricantes, estrógenos locales, tratamiento del prolapso— y merece la pena plantearlo, porque es uno de los aspectos que más afecta a la calidad de vida y de los que menos se habla.
¿Puedo hacer deporte? Sí, y además conviene. Lo que hay que ajustar es el tipo: los ejercicios de alto impacto —correr, saltar, crossfit— y el levantamiento de cargas elevadas aumentan la presión sobre el suelo pélvico. Nadar, caminar, la bicicleta, el pilates adaptado y el trabajo de fuerza con técnica correcta son perfectamente compatibles. Abandonar toda actividad física es un error frecuente y contraproducente: empeora el peso, el tránsito y el tono general.
Muchas mujeres notan los primeros síntomas en los años posteriores a la menopausia, y casi siempre les sorprende, porque los partos fueron décadas atrás.
La explicación está en el colágeno. Los ligamentos y tejidos que sostienen los órganos pélvicos dependen de él, y su producción cae de forma notable con el descenso de estrógenos. El daño que dejaron los partos puede haber estado compensado durante veinte o treinta años por un tejido en buen estado; cuando ese tejido pierde calidad, el soporte deja de ser suficiente y el prolapso se manifiesta.
Eso explica también por qué los estrógenos locales tienen aquí un papel más importante de lo que parece. No corrigen el prolapso, pero mejoran el trofismo de la mucosa vaginal, reducen la sequedad y las molestias, y hacen que los pesarios se toleren mucho mejor. Se aplican en dosis muy bajas y con mínima absorción, lo que permite usarlos de forma prolongada en la mayoría de los casos.
El diagnóstico es fundamentalmente clínico y no requiere pruebas complejas:
La ecografía ginecológica aporta aquí algo concreto: comprueba si queda orina en la vejiga después de orinar, que es el dato que más condiciona el riesgo de infecciones de repetición, y descarta que haya otra causa que explique la sensación de peso.
Salvo en grados avanzados con síntomas importantes, la cirugía no es el primer paso.
Es el tratamiento inicial en los grados I y II, y funciona: mejora los síntomas en una proporción alta de casos y puede frenar la progresión. Requiere trabajo dirigido, porque una parte importante de las mujeres contrae los músculos equivocados cuando cree estar haciendo los ejercicios correctamente. La primera sesión con un fisioterapeuta especializado es lo que separa meses perdidos de resultados reales.
Son dispositivos de silicona que se colocan en la vagina para sostener los órganos en su sitio. Están claramente infrautilizados y merecen más atención: evitan la cirugía en muchos casos, se colocan en consulta, son reversibles y funcionan bien a cualquier edad. Requieren revisiones periódicas y, en mujeres posmenopáusicas, suelen combinarse con estrógenos locales para cuidar la mucosa.
Se plantea cuando lo conservador no controla los síntomas, en grados avanzados o cuando hay alteración importante de la micción. Existen técnicas por vía vaginal y abdominal, conservando el útero o extirpándolo, y la elección depende del compartimento afectado, la edad, la actividad y el deseo de conservar la función sexual. Es importante que se valoren todos los compartimentos: corregir solo uno y dejar los demás es una causa frecuente de resultado insuficiente.
En tuMédico.es escuchamos con frecuencia a mujeres que llevan años con esta sensación y no la han contado nunca, convencidas de que es el precio de haber tenido hijos y de que la única salida es una operación. Nuestra experiencia es que ninguna de las dos cosas es cierta: no es inevitable, y en la mayoría de los casos hay un recorrido conservador amplio antes de plantear cualquier cirugía.
Como es la opción más desconocida y la que más cirugías evita, merece explicarse bien.
Un pesario es un dispositivo de silicona flexible que se introduce en la vagina y sostiene los órganos en su posición, funcionando como un soporte mecánico. Existen distintas formas —de anillo, de cubo, de rosquilla— y varias tallas, y elegir la adecuada es lo que determina que funcione.
Cómo es el proceso:
Ventajas: evita la cirugía, es reversible, se coloca en consulta sin anestesia, funciona a cualquier edad y es especialmente útil en mujeres con riesgo quirúrgico elevado o que prefieren no operarse. También sirve como prueba previa: si el pesario alivia los síntomas, confirma que el prolapso es su causa.
Lo que hay que saber: requiere revisiones periódicas, puede aumentar el flujo vaginal y, si no se controla, provocar erosiones en la mucosa. Por eso en mujeres posmenopáusicas se combina casi siempre con estrógenos locales, que mejoran el tejido y reducen mucho ese riesgo. No todas las anatomías lo retienen bien, y en algunos casos hay que probar varias tallas antes de dar con la adecuada.
La razón principal de que se use poco no es médica: es que requiere tiempo de consulta para el ajuste y el seguimiento. Si te han planteado la cirugía como única opción, preguntar por el pesario es una pregunta razonable.
Es el descenso del útero por el canal vaginal debido a la pérdida de soporte de los ligamentos y músculos del suelo pélvico, que funcionan como una hamaca sosteniéndolo. Forma parte del prolapso de órganos pélvicos, un grupo que incluye también el descenso de la vejiga —cistocele, el más frecuente—, del recto —rectocele— y de la cúpula vaginal en mujeres histerectomizadas. Lo habitual es que coexistan varios a la vez.
Se clasifican en cuatro según hasta dónde desciende el útero, tomando el himen como referencia. En el grado I desciende pero se mantiene en la mitad superior de la vagina y suele ser asintomático. En el II llega cerca de la entrada vaginal y aparece sensación de peso. En el III asoma al exterior y el bulto es visible. En el IV sale por completo. El grado no siempre se corresponde con la intensidad de los síntomas.
Sensación de peso o presión en la pelvis que empeora a lo largo del día, al estar de pie, al caminar o al levantar peso, y mejora al tumbarse. También notar o ver un bulto en la entrada vaginal, dificultad para orinar o vaciar del todo la vejiga, escapes de orina, estreñimiento con sensación de evacuación incompleta, molestias con las relaciones sexuales, dolor lumbar e infecciones urinarias de repetición. Tener que empujar el bulto para orinar o defecar es un síntoma bastante específico.
No. Salvo en grados avanzados con síntomas importantes, la cirugía no es el primer paso. En los grados I y II el tratamiento inicial es la rehabilitación del suelo pélvico con un fisioterapeuta especializado, que mejora los síntomas en una proporción alta de casos y frena la progresión. Los pesarios, dispositivos de silicona que sostienen los órganos y se colocan en consulta, evitan la cirugía en muchos casos y están claramente infrautilizados.
No siempre, porque intervienen factores no modificables como la edad, la menopausia o la predisposición del tejido conjuntivo. Pero sí se puede reducir el riesgo y frenar la progresión: trabajando el suelo pélvico, especialmente tras el parto; tratando el estreñimiento crónico, cuyo esfuerzo repetido es un factor muy subestimado; manteniendo un peso adecuado; evitando cargar peso de forma repetida; y tratando la tos crónica y dejando de fumar.