
Publicado por: Ángel Amilibia Hergueta | ISNI: 0000000517782974
Empieza como un dolor sordo alrededor del ombligo, difuso, difícil de señalar con el dedo. Unas horas después se ha desplazado a la parte baja derecha del abdomen, se ha vuelto constante y cualquier movimiento lo empeora. Ese viaje del dolor es la firma de una apendicitis y es más útil para el diagnóstico que cualquier analítica.
Esta guía explica las causas de la apendicitis, por qué el dolor se mueve, qué signos la delatan, qué prueba la confirma y por qué sigue siendo la urgencia quirúrgica abdominal más frecuente.
El apéndice es un pequeño tubo de unos siete a diez centímetros, cerrado en un extremo, que cuelga del inicio del intestino grueso, en la fosa ilíaca derecha. Durante años se consideró un órgano inútil; hoy se le atribuye cierto papel inmunitario y como reservorio de flora intestinal, aunque se vive perfectamente sin él.
Su problema es anatómico: es un fondo de saco con una luz muy estrecha y una sola vía de salida. Si esa salida se obstruye, lo que hay dentro no puede evacuarse.
A partir de ahí la secuencia es siempre la misma:
Esa cadena explica por qué la apendicitis es una carrera contra el reloj y no un proceso que se pueda observar indefinidamente.
La obstrucción inicial puede deberse a varias cosas, y la frecuencia cambia con la edad:
Dos aclaraciones que conviene hacer porque son creencias muy extendidas. La primera: las pipas y los chicles no causan apendicitis. No hay evidencia que lo respalde. La segunda: tampoco la causa correr después de comer ni beber agua fría.
Lo que sí parece influir, de forma modesta, es una dieta muy pobre en fibra, por su relación con el estreñimiento y la formación de fecalitos. Y hay un componente de predisposición familiar.
Es la pregunta más interesante del cuadro y tiene una explicación elegante.
Al principio, la inflamación afecta solo al interior del apéndice. Las vísceras abdominales tienen una inervación poco precisa: el cerebro recibe la señal pero no sabe localizarla bien, y la proyecta en la línea media, alrededor del ombligo. Eso produce un dolor visceral: difuso, sordo, mal definido, acompañado de náusea y pérdida de apetito.
Horas más tarde, la inflamación atraviesa toda la pared del apéndice y alcanza el peritoneo, la membrana que recubre la cavidad abdominal. Y esa membrana sí tiene una inervación precisa. El dolor se convierte entonces en somático: intenso, constante y perfectamente localizado en el punto donde está el apéndice, la fosa ilíaca derecha.
De ahí la secuencia clásica, que se cumple en una mayoría de casos: dolor periumbilical difuso durante 4-12 horas y después migración al cuadrante inferior derecho, con dolor que ya no se mueve.
La exploración física sigue siendo determinante, y es útil saber qué buscan:
Los síntomas acompañantes habituales son náuseas y vómitos —que aparecen después del dolor, no antes, y ese orden importa—, pérdida completa del apetito, fiebre que no suele pasar de 38 °C al principio y malestar general.
Ninguna prueba sustituye a la valoración clínica, pero se usan para apoyarla y para descartar otras causas:
En un porcentaje de casos la imagen no es concluyente y la decisión se toma observando la evolución durante unas horas, con exploraciones repetidas. Eso no es indecisión: es la forma correcta de manejar un cuadro que cambia hora a hora.
Existen además escalas que combinan síntomas, exploración y analítica en una puntuación para estimar la probabilidad. Ayudan a decidir a quién operar, a quién observar y a quién hacer una prueba de imagen, pero son una herramienta de apoyo: ninguna sustituye al criterio de quien explora al paciente.
Saber qué esperar reduce bastante la ansiedad del posoperatorio, que en una apendicitis llega sin ningún tiempo de preparación.
Con laparoscopia y sin complicaciones, lo habitual es:
Cuando el apéndice se ha perforado o hay peritonitis, el escenario cambia: el ingreso se alarga, se prolonga el antibiótico intravenoso y la recuperación puede llevar varias semanas.
Signos que obligan a volver a consultar tras el alta: fiebre, enrojecimiento o supuración de las heridas, dolor abdominal creciente, vómitos persistentes o no poder hacer deposición ni expulsar gases.
Bastantes procesos duelen en la misma zona, y distinguirlos evita cirugías innecesarias:
Si lo que tienes es un abdomen distendido con molestia difusa y sin ese patrón de dolor migratorio y creciente, el abanico es otro y lo repasamos en esta guía sobre la hinchazón abdominal.
El tratamiento estándar es la apendicectomía, es decir, la extirpación del apéndice, hoy casi siempre por laparoscopia. Es una cirugía urgente pero muy reglada, con una recuperación de pocos días cuando no hay complicaciones.
En casos seleccionados de apendicitis no complicada existe la opción de tratamiento con antibiótico solo, pero conlleva un porcentaje apreciable de recurrencias y la decisión es individualizada.
Lo que ocurre si se retrasa es el motivo de la urgencia:
Un aviso importante mientras se espera a ser valorado: no tomar analgésicos potentes por cuenta propia, ni laxantes, ni aplicar calor en la zona, y mantenerse en ayunas. El calor y los laxantes aumentan el riesgo de perforación, y la sedación del dolor sin criterio puede enmascarar el cuadro.
Algunos episodios leves se resuelven de forma espontánea, y existe la llamada apendicitis crónica o recurrente. Pero no se puede saber de antemano cuál va a ceder y cuál va a perforar, así que no es una apuesta razonable.
Sí. En niños pequeños, en personas mayores, en embarazadas —donde el útero desplaza el apéndice hacia arriba— y cuando el apéndice tiene una posición atípica, el cuadro puede ser engañoso y el diagnóstico se retrasa con más frecuencia.
Sí, sin ninguna limitación conocida en la vida diaria ni en la digestión.
El pico está entre los 10 y los 30 años, aunque puede ocurrir a cualquier edad. En mayores de 50 con un primer episodio conviene descartar una causa tumoral subyacente.
De forma indirecta. Un tránsito muy lento favorece la formación de fecalitos, que son la causa más frecuente de obstrucción en adultos, y por eso una dieta con fibra y buena hidratación es la única medida preventiva con algún fundamento. Dicho esto, la mayoría de las apendicitis ocurren en personas sin ningún problema de tránsito.
Es una señal de alarma, no de mejoría. Un alivio brusco tras horas de dolor intenso puede corresponder a una perforación, que descomprime el apéndice y calma momentáneamente antes de que se instale la peritonitis. Hay que acudir igualmente.
Lo que la identifica no es la intensidad, es la secuencia: dolor difuso alrededor del ombligo que en unas horas se desplaza a la parte baja derecha, se vuelve constante, empeora al moverse, al toser y en los baches, y va acompañado de náuseas que llegan después y de pérdida total del apetito.
Ante ese patrón hay que acudir a urgencias el mismo día, sin analgesia fuerte por cuenta propia, sin laxantes, sin calor local y en ayunas. Y si lo que tienes es un dolor leve, intermitente y difuso en esa zona desde hace semanas, eso no encaja con una apendicitis aguda pero sí merece estudio: la visita de aparato digestivo se pide en tuMédico.es sin volante médico.