
Publicado por: Ángel Amilibia Hergueta | ISNI: 0000000517782974
Aparece en el informe como IDH, LDH o «lactato deshidrogenasa», con un asterisco al lado, y no viene con ninguna explicación. Es uno de los valores que más búsquedas genera y uno de los que menos significan por sí solos.
Esta guía explica qué es la LDH, por qué se eleva, qué causas son banales y cuáles merecen estudio, y por qué en la mayoría de los casos el siguiente paso correcto es simplemente repetir la analítica.
Primero, el nombre. Verás las tres formas y designan lo mismo:
Es una enzima presente en el interior de casi todas las células del cuerpo. Participa en el metabolismo energético, convirtiendo el piruvato en lactato cuando la célula tiene que producir energía sin oxígeno suficiente.
La clave está en esas dos palabras: en el interior. En condiciones normales la LDH vive dentro de las células y en sangre solo hay una cantidad pequeña. Cuando una célula se rompe, su contenido se vierte al torrente sanguíneo y la LDH sube.
De ahí su naturaleza: es un marcador de daño celular completamente inespecífico. Indica que en algún sitio se están rompiendo células, pero no dice dónde ni por qué. Está en el hígado, el corazón, el músculo, el riñón, el pulmón, los glóbulos rojos y los ganglios.
Antes de mirar cualquier lista de patologías, conviene conocer el motivo número uno de LDH alta en un informe: la hemólisis de la muestra.
Si durante la extracción los glóbulos rojos se rompen dentro del tubo —por una vena difícil, un compresor demasiado apretado, agitar el tubo o un transporte inadecuado—, liberan su LDH. El resultado sube sin que en tu cuerpo haya pasado absolutamente nada.
Cómo sospecharlo: en la misma analítica suelen aparecer también el potasio elevado y la bilirrubina algo alta, porque proceden del mismo sitio. Muchos laboratorios avisan en el informe con una nota de «muestra hemolizada».
Detrás vienen otras causas igual de banales:
Sumadas, estas causas explican la gran mayoría de las elevaciones leves que aparecen en un chequeo rutinario.
La LDH sí es útil, pero como pieza dentro de un cuadro. Estas son las situaciones en las que se interpreta:
| Origen | Qué acompaña a la LDH alta |
|---|---|
| Hemólisis real (destrucción de hematíes) | Hemoglobina baja, bilirrubina alta, reticulocitos altos, haptoglobina baja |
| Hígado | GOT, GPT y GGT elevadas |
| Músculo | CPK muy elevada, mialgias |
| Riñón | Creatinina alta, filtrado glomerular bajo |
| Pulmón | Disnea, contexto de tromboembolismo o neumonía |
| Enfermedad hematológica | Alteración de varias series, síntomas B, adenopatías |
Fíjate en la lógica de la tabla: en todos los casos la LDH acompaña, no protagoniza. Nunca se diagnostica nada solo con ella.
La primera fila merece detalle. En una hemólisis real, la LDH se eleva junto a un patrón muy característico: hemoglobina baja porque se destruyen hematíes, bilirrubina indirecta alta porque se degrada la hemoglobina, reticulocitos altos porque la médula compensa fabricando más, y haptoglobina baja porque se consume capturando la hemoglobina libre. Ese conjunto sí es un hallazgo, y ahí la LDH aporta información de verdad. Todos esos valores salen del hemograma, que es la primera hoja que hay que mirar cuando la LDH aparece alta.
La LDH no es una sola molécula. Existe en cinco formas distintas, llamadas isoenzimas, y cada una predomina en unos tejidos:
| Isoenzima | Predomina en |
|---|---|
| LDH-1 | Corazón y glóbulos rojos |
| LDH-2 | Glóbulos blancos y corazón |
| LDH-3 | Pulmón y otros tejidos |
| LDH-4 | Riñón, placenta y páncreas |
| LDH-5 | Hígado y músculo esquelético |
En teoría, medir la proporción de cada una permitiría localizar el origen del daño. En la práctica casi no se piden, y hay una razón sensata: existen marcadores mucho más específicos para cada órgano.
Si se sospecha del corazón se mide troponina; del hígado, transaminasas; del músculo, CPK; del riñón, creatinina y filtrado glomerular. Todos ellos son más precisos y más rápidos que descomponer la LDH en fracciones. Las isoenzimas quedaron como una herramienta histórica.
Esto refuerza la idea central: la LDH total no localiza nada, y su valor está en acompañar a otros parámetros, no en sustituirlos.
La magnitud de la elevación cambia la lectura, y merece la pena tenerlo claro:
Y un dato que ayuda a poner el susto en su sitio: las elevaciones realmente llamativas no suelen aparecer en alguien que se encuentra bien. Van acompañadas de síntomas claros —fiebre, dolor, ictericia, disnea, pérdida de peso— que motivan la consulta por sí mismos.
Este es el punto que más preocupa a quien busca «LDH alta» y conviene aclararlo con precisión.
La LDH se usa en oncología, sí, pero en pacientes con un cáncer ya diagnosticado. En linfomas, en algunas leucemias y en el melanoma forma parte de los índices pronósticos y del seguimiento de la respuesta al tratamiento, porque los tumores con alto recambio celular liberan mucha LDH.
Lo que no es: una prueba de detección de cáncer. Y por dos razones que se refuerzan entre sí:
Dicho de otro modo: una LDH discretamente alta en una persona que se encuentra bien, sin ningún otro parámetro alterado, no es un indicio de cáncer. Es, casi siempre, ruido.
Un protocolo razonable, en este orden:
1. Mira cuánto se desvía. Un valor un 10 o 15 % por encima del rango no es lo mismo que uno al triple. Las elevaciones marcadas —de dos, tres o más veces el límite— sí orientan a algo concreto.
2. Revisa el resto de la analítica. Si el potasio y la bilirrubina también están altos, sospecha hemólisis del tubo. Si la CPK está muy alta, mira qué hiciste esa semana. Si las transaminasas acompañan, el foco es hepático.
3. Repasa las semanas previas. Ejercicio intenso, una gripe, un golpe, un fármaco nuevo.
4. Repite la analítica. Es la medida más útil y la más desaprovechada. Se repite pasadas dos o tres semanas, sin ejercicio intenso los tres días previos y con una extracción cuidadosa. Una parte importante de las LDH altas se normaliza sin más.
5. Si persiste, se estudia el origen según lo que acompañe: un frotis de sangre, un perfil hepático ampliado, una ecografía o lo que corresponda.
Para el paso 4, la analítica general completa incluye la LDH junto al hemograma, el perfil hepático y la función renal, que es exactamente el contexto que hace falta para interpretarla.
Genera muchas menos consultas y con razón: una LDH baja casi nunca tiene significado clínico. Puede aparecer con dosis altas de vitamina C, con algunos fármacos o en variantes genéticas poco frecuentes de la enzima. No se estudia de forma rutinaria. Lo desarrollamos en la guía sobre los valores de lactato deshidrogenasa bajos.
Con todas las advertencias anteriores, hay tres escenarios en los que la LDH aporta información que otras pruebas no dan tan rápido.
Sospecha de hemólisis. Es su mejor indicación. Junto a la haptoglobina, la bilirrubina indirecta y los reticulocitos forma el panel que confirma que se están destruyendo glóbulos rojos. Se usa también para seguir la respuesta al tratamiento.
Líquidos corporales. Medida en un derrame pleural, la LDH permite clasificarlo como trasudado o exudado mediante los llamados criterios de Light. Es una decisión clínica con consecuencias directas, y la LDH es uno de los tres parámetros que la determinan.
Seguimiento oncológico. En linfomas, en algunas leucemias y en el melanoma forma parte de índices pronósticos validados y del control de la respuesta al tratamiento. Insistiendo: en pacientes ya diagnosticados, no como herramienta de búsqueda.
Como buena parte de las elevaciones son artefactos, merece la pena reducir las probabilidades:
Y una recomendación general que sirve para toda la analítica: guarda tus informes anteriores. Una LDH de 260 dice poco en abstracto; sabiendo que llevas tres años entre 240 y 265, deja de ser un hallazgo.
Que en algún tejido se están rompiendo células. Es un marcador inespecífico: no indica ni el órgano ni la causa, y con frecuencia el motivo es un problema en la extracción o ejercicio reciente.
Sí. IDH es la forma castellanizada de lactato deshidrogenasa que usan algunos laboratorios españoles.
No por sí sola. Se usa en el seguimiento de algunos tumores ya diagnosticados, pero no sirve como prueba de detección y se eleva en muchísimas situaciones benignas.
Porque el músculo contiene LDH y el esfuerzo intenso produce microrroturas que la liberan. Suele acompañarse de CPK elevada y se normaliza en unos días.
Una en la que los glóbulos rojos se han roto dentro del tubo, liberando LDH, potasio y bilirrubina. Da valores falsamente altos y obliga a repetir la extracción.
Dos o tres semanas, evitando el ejercicio intenso los tres días previos.
Con frecuencia sí, dentro del perfil bioquímico. Puede pedirse también de forma aislada.
La LDH en sí no lo requiere, pero suele extraerse junto a glucosa y triglicéridos, que sí piden entre 8 y 12 horas de ayuno.
Las elevaciones leves, hasta 1,5 veces el límite, suelen ser artefactos o procesos banales. Por encima de tres veces el límite superior siempre requiere estudio, y habitualmente se acompañan de síntomas claros.
En teoría permitirían localizar el tejido dañado, pero casi no se piden porque existen marcadores mucho más específicos para cada órgano: troponina para el corazón, transaminasas para el hígado, CPK para el músculo.
Sí. Una infección vírica reciente la eleva de forma transitoria, igual que una neumonía o cualquier proceso con daño tisular. Suele normalizarse en unas semanas.
No. Un valor bajo no tiene significado clínico y no se estudia de forma rutinaria. Puede aparecer con dosis altas de vitamina C o en variantes genéticas poco frecuentes de la enzima.