
Publicado por: Ángel Amilibia Hergueta | ISNI: 0000000517782974
Llega una nota del colegio: hay un caso de impétigo en la clase. O aparece de pronto, alrededor de la nariz de un niño, una costra amarillenta que parece miel seca y que al día siguiente ya está en la barbilla y en el dorso de la mano.
Es la infección bacteriana de la piel más frecuente en la infancia y la que se transmite con más facilidad entre hermanos y compañeros. Esta guía explica qué es el impétigo, cómo reconocerlo sin confundirlo con un herpes o un eccema, por qué se contagia tan rápido y cuánto tiempo hay que estar en casa.
El impétigo es una infección de las capas más superficiales de la piel, la epidermis. Esa superficialidad explica dos cosas: que cure sin dejar cicatriz y que las lesiones se rompan con tanta facilidad, liberando bacterias al exterior.
Los responsables son dos bacterias que todos llevamos encima sin problema:
La clave es que estas bacterias son inofensivas sobre una piel intacta. Para causar impétigo necesitan una puerta de entrada, y casi siempre la hay: una picadura rascada, un corte mínimo, la piel irritada de una dermatitis, el moqueo de un catarro que macera la zona de la nariz, un herpes labial o una varicela en fase de rascado.
Esa es la razón de que el impétigo aparezca tan a menudo alrededor de la nariz y la boca: es la zona donde se juntan el reservorio de bacterias y la piel irritada.
No todo el impétigo tiene el mismo aspecto, y conviene distinguir las dos presentaciones porque el manejo cambia.
Es el 70 % de los casos. Empieza como una manchita roja que se convierte en una vesícula pequeña y frágil. Se rompe en horas y deja una erosión que se cubre de una costra de color miel o amarillo dorado, muy característica y prácticamente diagnóstica.
Suele localizarse en la cara, alrededor de la nariz y la boca, y en las extremidades. Las lesiones se extienden en forma de satélites alrededor de la primera, y no suele haber fiebre ni afectación general.
Causado siempre por estafilococo, afecta más a lactantes y menores de dos años. Aquí las ampollas son grandes, flácidas, de contenido claro que se vuelve turbio, y al romperse dejan un collarete de piel desprendida alrededor de una zona húmeda y brillante.
Es más frecuente en el tronco, las axilas y la zona del pañal. En los más pequeños puede acompañarse de fiebre y malestar, y ahí la valoración no debe retrasarse.
Si lo que ves no encaja en ninguna de las dos formas, repasamos el resto de posibilidades en esta guía sobre las manchas rojas en la piel, que recoge desde las víricas hasta las alérgicas.
Varias cosas se parecen y el tratamiento no es el mismo:
Por una combinación difícil de batir. El líquido de las vesículas y la costra están repletos de bacterias, las lesiones se rompen solas, pican, y quien las tiene suele ser un niño que se rasca y toca todo.
Las vías de transmisión son:
Y hay factores que lo favorecen: el calor y la humedad —es más frecuente en verano—, el hacinamiento, la dermatitis atópica de base, el contacto deportivo y una higiene difícil de mantener.
El periodo de incubación va de uno a diez días, así que cuando aparece el primer caso en una clase suele haber ya más niños incubándolo.
La decisión depende de la extensión, y es el médico quien la toma tras ver las lesiones.
Las medidas de cuidado local son parte del tratamiento, no un añadido:
Lo que hay que evitar: antisépticos agresivos como el alcohol, remedios caseros sobre la lesión abierta, y reutilizar una pomada antibiótica que quedó de otra ocasión, porque es una de las vías directas a la resistencia bacteriana.
Es la pregunta práctica que trae a todo el mundo aquí. La referencia habitual:
Conviene avisar al colegio, no por trámite, sino porque permite detectar otros casos antes de que se extienda. Y revisar a los hermanos: el contagio intrafamiliar es la norma, no la excepción.
Hay un patrón estacional claro: los casos se concentran en los meses de calor. El sudor macera la piel, las picaduras se multiplican, se pasan más horas en piscinas y playas y la ropa roza sobre piel húmeda. Todo son puertas de entrada.
En el ámbito deportivo ocurre algo parecido por otra vía. Los deportes de contacto —judo, lucha, rugby— y el uso compartido de colchonetas, toallas y material favorecen la transmisión directa. En muchas federaciones, una lesión cutánea activa impide competir precisamente por eso.
Las medidas que reducen el riesgo son sencillas: ducha inmediata tras el entrenamiento, toalla propia que no se comparte, no reutilizar ropa deportiva húmeda, cubrir cualquier herida o rozadura antes de entrenar y tratar pronto las picaduras para que no se conviertan en el punto de partida.
La gran mayoría de los casos curan sin ninguna consecuencia y sin cicatriz, porque la infección es superficial. Puede quedar una mancha rosada o algo más clara durante semanas, que se normaliza sola.
Las complicaciones son poco frecuentes pero conviene conocerlas:
Un dato que tranquiliza: a diferencia de la faringitis estreptocócica, el impétigo no produce fiebre reumática, así que ese riesgo no está en juego.
Tampoco hay que vigilar el riñón de forma rutinaria después de un impétigo: la glomerulonefritis es excepcional y, cuando aparece, lo hace con signos visibles. Basta con conocer esos tres —orina oscura, párpados hinchados, menos orina de lo normal— y consultar si se presentan en las dos o tres semanas siguientes.
Lo normal es que las lesiones empiecen a secar al segundo o tercer día de tratamiento. Si a los cinco días siguen igual, o si han aparecido lesiones nuevas pese a la pomada, hay tres explicaciones posibles.
La primera es que no sea impétigo: un herpes, una tiña o un eccema infectado no responden al mismo tratamiento. La segunda es que la costra no se esté retirando y el antibiótico tópico no llegue a la lesión, que es el error de técnica más frecuente. Y la tercera es una bacteria resistente al antibiótico elegido, que obliga a cambiar de fármaco.
En ese escenario el médico puede tomar una muestra de la lesión para cultivo. No se hace de entrada porque el diagnóstico es clínico y el tratamiento empírico funciona en la gran mayoría de los casos, pero ante un fracaso o en brotes familiares repetidos sí aporta: identifica la bacteria y a qué antibiótico es sensible.
El impétigo de repetición casi siempre tiene explicación, y buscarla ahorra muchos episodios:
Sí, aunque es mucho menos frecuente. Suele aparecer sobre una piel ya alterada —eccema, afeitado, dermatitis— o en personas con diabetes o inmunidad comprometida. El cuadro y el tratamiento son los mismos.
Conviene reblandecerlas y retirarlas con suavidad para que la pomada llegue a la lesión, pero sin arrancar ni forzar: si sangra, has ido demasiado lejos.
Sí, la higiene diaria es parte del tratamiento. Mejor ducha que baño compartido, y toalla propia.
Con tratamiento, las lesiones empiezan a secar en dos o tres días y curan en siete a diez. Si a los cinco días no hay ninguna mejoría, hay que volver a valorar: puede no ser impétigo o puede necesitar antibiótico oral.
Es una infección superficial por estafilococo o estreptococo que entra por una pequeña herida; la costra color miel es su firma. Se contagia por contacto directo y por autoinoculación, de ahí que aparezcan lesiones nuevas a distancia en pocos días.
El tratamiento es tópico si está localizado y oral si es extenso, y con antibiótico deja de contagiar en 24-48 horas. Y si vuelve una y otra vez, el problema no es la bacteria: es la puerta de entrada, normalmente una dermatitis sin controlar. Para valorar las lesiones y, si hace falta, tratar la piel de base, en tuMédico.es puedes pedir la visita de dermatología eligiendo día y centro.