
Publicado por: Ángel Amilibia Hergueta | ISNI: 0000000517782974
Notas algo que asoma al hacer esfuerzo. Al principio se mete solo; luego hay que empujarlo con la mano. Lo has dado por hemorroides durante meses, pero la sensación no encaja del todo y cada vez cuesta más disimularlo.
Puede tratarse de un prolapso rectal: la salida del recto a través del ano. Es menos frecuente que las hemorroides, se confunde con ellas constantemente y su tratamiento es completamente distinto. Esta guía explica qué es, cómo diferenciarlo, por qué aparece y qué opciones existen.
El prolapso rectal es el descenso y la salida de la pared del recto a través del ano. Se produce cuando fallan las estructuras que lo mantienen fijado en su sitio dentro de la pelvis.
Se distinguen tres formas, y saber cuál es determina el tratamiento:
Esta es la diferencia que más importa, porque el error es habitual y lleva a tratamientos que no sirven.
| Prolapso rectal | Hemorroides | |
|---|---|---|
| Qué sale | La pared del recto | Venas dilatadas |
| Aspecto | Anillos concéntricos, como un tubo | Bultos separados, como uvas |
| Los pliegues van | En círculo alrededor del centro | En radios, hacia fuera |
| Sangrado | Menos frecuente, escaso | Rojo vivo, típico al defecar |
| Incontinencia asociada | Muy frecuente | Rara |
| Moco | Abundante y continuo | Escaso |
El detalle más útil y el más fácil de comprobar es la dirección de los pliegues. En el prolapso rectal forman anillos concéntricos alrededor del orificio, como los círculos de una diana. En las hemorroides los pliegues van en radios, de dentro hacia fuera. Es un dato que un profesional identifica en segundos y que evita meses de cremas inútiles.
El segundo dato diferencial es la incontinencia: aparece en la mayoría de los prolapsos rectales completos y es rara en las hemorroides. Si además de un bulto hay escapes de gases o de heces, la balanza se inclina claramente.
El impacto real de este cuadro suele estar infravalorado en las consultas: la combinación de bulto, moco continuo e incontinencia condiciona la vida social, la ropa y la actividad de forma severa, y muchas personas lo llevan años en silencio.
Se debe al debilitamiento de los soportes del recto y del suelo pélvico, y hay dos perfiles muy diferenciados:
En mujeres, que son la gran mayoría de los casos, sobre todo a partir de los 60 años:
En hombres y en personas jóvenes, donde es mucho menos común, suele haber una causa concreta detrás: alteraciones neurológicas, lesión medular, trastornos del comportamiento defecatorio o fibrosis quística en la infancia.
Es una complicación frecuente del prolapso, sobre todo del interno, y da nombre a un cuadro que se diagnostica tarde porque se confunde con otras cosas.
Consiste en una úlcera en la mucosa del recto provocada por el roce continuo y por la isquemia que genera el propio prolapso al plegarse una y otra vez sobre sí mismo. Pese al nombre, ni siempre es única ni siempre es una úlcera: puede aparecer como una zona enrojecida o como un pólipo.
Sus síntomas —sangrado, moco, dolor al defecar y sensación de evacuación incompleta— se atribuyen con facilidad a hemorroides o a una fisura. Lo que lo distingue es que aparece en alguien con esfuerzo defecatorio importante y sensación de que algo se pliega dentro. El tratamiento pasa por corregir el mecanismo defecatorio y, si procede, el prolapso: las pomadas no resuelven la causa.
Buena parte del prolapso rectal se construye a lo largo de años de esfuerzo defecatorio, y esa es la variable más modificable de todas. Merece un apartado propio porque casi nunca se explica.
Estas medidas parecen menores y son, en la práctica, lo que decide si el problema progresa o se estabiliza. También son las que hay que mantener después de una cirugía: operar sin corregir la mecánica es la vía más rápida a una recidiva.
La colonoscopia diagnóstica con sedación cumple aquí una doble función: descarta patología asociada y evalúa el estado de la mucosa rectal, que en los prolapsos de larga evolución suele presentar úlceras por el roce.
Conviene además vigilar el aspecto de las deposiciones, porque el sangrado de un prolapso es escaso y cualquier hallazgo distinto obliga a estudio; en nuestra guía sobre el color de las heces están las señales que no deben atribuirse nunca a una causa local.
No corrigen el prolapso completo, pero mejoran los síntomas, frenan la progresión y son imprescindibles antes y después de cualquier cirugía:
Es el tratamiento definitivo del prolapso completo. Existen dos grandes vías:
Un dato que conviene conocer al plantear la operación: la incontinencia mejora en un porcentaje alto de los casos tras corregir el prolapso, aunque la recuperación puede tardar meses. Y el estreñimiento no siempre se resuelve solo con la cirugía, por lo que hay que seguir trabajándolo después.
En tuMédico.es escuchamos con frecuencia a personas que llevan uno o dos años poniéndose cremas para hemorroides sin ninguna mejoría, y que describen algo que no encaja con esa etiqueta. Nuestra experiencia es que este es uno de los diagnósticos que más se benefician de una exploración de dos minutos: distinguir unos pliegues concéntricos de unos radiales cambia por completo el camino, y no requiere ninguna prueba sofisticada.
Es el descenso y la salida de la pared del recto a través del ano, por fallo de las estructuras que lo mantienen fijado dentro de la pelvis. Existen tres formas: el prolapso completo o externo, en el que sale toda la pared con un aspecto característico de anillos concéntricos; el prolapso interno o intususcepción, en el que el recto se pliega sobre sí mismo sin llegar a salir; y el prolapso mucoso, en el que solo desciende la capa más interna.
El dato más útil es la dirección de los pliegues. En el prolapso rectal forman anillos concéntricos alrededor del orificio, como los círculos de una diana; en las hemorroides los pliegues van en radios, de dentro hacia fuera, y los bultos aparecen separados. Además, el prolapso produce salida continua de moco e incontinencia de gases o heces en la mayoría de los casos avanzados, mientras que en las hemorroides predomina el sangrado rojo vivo al defecar.
Por debilitamiento de los soportes del recto y del suelo pélvico. La mayoría de los casos se dan en mujeres a partir de los 60 años, y los factores implicados son los partos vaginales múltiples o instrumentales, la menopausia con la pérdida de colágeno, el estreñimiento crónico con esfuerzo repetido —el factor modificable más importante— y las cirugías pélvicas previas. En hombres y personas jóvenes es mucho menos frecuente y suele haber una causa neurológica o funcional concreta.
Las medidas conservadoras no corrigen un prolapso completo, pero mejoran los síntomas, frenan la progresión y son imprescindibles antes y después de cualquier operación. Incluyen tratar el estreñimiento de forma seria, corregir la postura y la mecánica defecatoria elevando los pies con un taburete y sin forzar, rehabilitación del suelo pélvico con biofeedback —muy útil en el prolapso interno y en la incontinencia asociada— y cuidado de la piel perianal irritada por el moco.
Mejora en un porcentaje alto de los casos tras corregir el prolapso, aunque la recuperación puede tardar meses porque el esfínter necesita tiempo para recuperar tono después de haber estado distendido de forma prolongada. El estado previo del esfínter, que se valora con tacto rectal y manometría anorrectal, condiciona ese pronóstico. El estreñimiento, en cambio, no siempre se resuelve solo con la cirugía y hay que seguir trabajándolo después.