
Publicado por: Ángel Amilibia Hergueta | ISNI: 0000000517782974
«Es normal, son reglas dolorosas.» Si te han dicho esa frase más de una vez, y si el dolor te ha hecho faltar al trabajo, doblarte en el suelo o cancelar planes, hay algo que conviene saber: el dolor menstrual incapacitante no es normal. Nunca lo ha sido.
La endometriosis afecta aproximadamente a una de cada diez mujeres en edad fértil y tarda de media entre siete y diez años en diagnosticarse. Esta guía explica qué es, por qué duele, qué síntomas van más allá de la regla, por qué se retrasa tanto el diagnóstico y con qué pruebas se detecta.
El endometrio es el tejido que recubre el interior del útero: crece cada mes preparándose para un posible embarazo y, si no lo hay, se desprende y sale con la regla.
En la endometriosis, un tejido muy parecido al endometrio aparece fuera del útero: en los ovarios, en las trompas, en el peritoneo que recubre la pelvis, en los ligamentos que sujetan el útero y, con menos frecuencia, en el intestino, la vejiga o el diafragma.
El problema es que ese tejido sigue respondiendo a las hormonas del ciclo. Cada mes crece, se inflama y sangra igual que el de dentro del útero. Pero ahí fuera no tiene salida. Esa sangre y esa inflamación quedan atrapadas, e irritan todo lo que hay alrededor.
De ahí salen las tres consecuencias que definen la enfermedad: inflamación crónica, adherencias —bandas de tejido cicatricial que pegan entre sí órganos que deberían moverse libremente— y quistes de contenido oscuro en los ovarios, llamados endometriomas.
Reducir la endometriosis al dolor menstrual es una de las razones de que se tarde tanto en reconocerla. El cuadro completo es más amplio:
Hay un dato que sorprende y que conviene tener presente: la intensidad del dolor no se corresponde con la extensión de la enfermedad. Hay mujeres con lesiones mínimas y dolor incapacitante, y mujeres con endometriosis extensa que apenas notan nada y llegan al diagnóstico buscando un embarazo. No es una cuestión de umbral del dolor, es la biología de la enfermedad.
Siete a diez años de media es una cifra difícil de justificar, y las razones son bastante concretas:
Ese último punto merece énfasis: una ecografía normal no descarta endometriosis. Descarta endometriomas y lesiones profundas de cierto tamaño, que ya es mucho, pero no la enfermedad peritoneal superficial.
Es la consecuencia que más preocupa y la que peor se explica, normalmente en los dos extremos: o se minimiza o se plantea como una sentencia. Ni una cosa ni la otra.
Los datos: entre el 30 % y el 50 % de las mujeres con endometriosis tienen dificultades para conseguir un embarazo. Dicho al revés, la mayoría lo consigue, muchas de forma espontánea.
Los mecanismos por los que puede dificultarlo son varios y no todos actúan en cada caso:
Hay una decisión que conviene tomar con información y sin prisa: operar un endometrioma no siempre mejora la fertilidad. La cirugía retira tejido ovárico sano junto al quiste y puede reducir la reserva, así que en mujeres con deseo gestacional se valora caso por caso, midiendo antes la hormona antimülleriana y el recuento de folículos. Es exactamente el tipo de decisión que merece una segunda opinión si te la plantean como automática.
Y un consejo práctico que cambia resultados: si tienes endometriosis y planeas un embarazo, no dejes pasar años antes de consultarlo. El tiempo juega en contra por dos vías simultáneas, la progresión de la enfermedad y la edad ovárica.
El planteamiento ha cambiado de forma sustancial en los últimos años. Antes se consideraba que solo la laparoscopia —una cirugía— permitía diagnosticar. Hoy ya no se exige cirugía para diagnosticar ni para iniciar tratamiento, y esa es una de las mejores noticias de la última década.
Conviene aclarar algo que se pregunta mucho: no existe un análisis de sangre que diagnostique endometriosis. El marcador CA-125 puede estar elevado, pero sube también en muchas otras situaciones y es normal en gran parte de los casos, así que no sirve ni para diagnosticar ni para descartar.
La endometriosis es una enfermedad crónica y el objetivo es controlar el dolor, frenar la progresión y preservar la fertilidad. El tratamiento se elige según los síntomas, la edad y el deseo de embarazo, no según la extensión vista en una prueba.
Es la primera línea. La lógica es sencilla: si el tejido crece con el estímulo hormonal cíclico, se trata de suprimir ese ciclo. Se emplean anticonceptivos hormonales en pauta continua, gestágenos solos, el dispositivo intrauterino con levonorgestrel y, en casos seleccionados, fármacos que suprimen la función ovárica de forma más profunda. No cura la enfermedad, pero controla los síntomas en la mayoría de los casos.
Antiinflamatorios pautados antes de que el dolor se instaure, no cuando ya es insoportable, porque funcionan mucho mejor así. En el dolor crónico de años de evolución suele hacer falta además un abordaje del suelo pélvico y de la sensibilización central.
Indicada cuando el tratamiento hormonal no controla los síntomas, cuando hay endometriomas grandes o afectación de otros órganos, o en determinados casos de infertilidad. Debe hacerse en centros con experiencia: una cirugía incompleta o mal planteada puede empeorar el pronóstico.
En tuMédico.es vemos llegar a consulta a mujeres con una carpeta de informes de digestivo, urgencias y atención primaria acumulada durante años, y ninguna mención a la endometriosis. Nuestra experiencia es que la pregunta que más veces abre el diagnóstico no es cuánto te duele, sino cuándo te duele: cuando el relato del dolor sigue el calendario del ciclo, la sospecha se vuelve difícil de ignorar.
Si te reconoces en este cuadro, el primer paso razonable es una consulta de ginecología en la que puedas contar el patrón completo, no solo la regla. Llevar apuntado durante dos o tres ciclos qué duele, qué día y con qué intensidad cambia por completo la calidad de esa primera visita.
Al recibir un informe es habitual encontrar una clasificación en cuatro estadios, del I al IV, según la extensión de las lesiones, su profundidad y las adherencias.
| Estadio | Extensión |
|---|---|
| I — Mínima | Lesiones superficiales aisladas |
| II — Leve | Más lesiones, algo más profundas |
| III — Moderada | Endometriomas y adherencias |
| IV — Severa | Endometriomas grandes y adherencias extensas |
Y aquí llega el matiz que hay que tener muy presente: esta clasificación no mide el dolor ni predice bien la fertilidad. Se diseñó para valorar el pronóstico reproductivo tras cirugía, y ni siquiera para eso funciona del todo.
Una mujer con estadio I puede tener un dolor incapacitante, y una con estadio IV puede llegar al diagnóstico sin haber tenido nunca molestias importantes. La razón es que el dolor depende más de dónde están las lesiones —sobre todo si afectan a terminaciones nerviosas— y del grado de sensibilización del sistema nervioso que de cuántos centímetros ocupan.
La consecuencia práctica es directa: si te dicen que tienes un estadio bajo, eso no invalida tu dolor, y no debería usarse para reducir el tratamiento. El objetivo terapéutico se fija por los síntomas y por el deseo gestacional, no por el número del informe.
Es una enfermedad en la que tejido parecido al endometrio, el que recubre el interior del útero, crece fuera de él: en ovarios, trompas, peritoneo o incluso intestino y vejiga. Ese tejido sigue respondiendo a las hormonas del ciclo, así que cada mes crece, se inflama y sangra, pero al estar fuera del útero no tiene salida. La sangre y la inflamación quedan atrapadas e irritan los tejidos vecinos, generando dolor, adherencias y quistes.
El más conocido es el dolor menstrual intenso que no cede con analgésicos habituales y que suele empezar uno o dos días antes del sangrado. Pero el cuadro es más amplio: dolor pélvico también fuera de la regla, dolor profundo con las relaciones sexuales, dolor al defecar u orinar que empeora con la menstruación, hinchazón y alteraciones intestinales cíclicas, sangrados abundantes, fatiga intensa y dificultad para conseguir un embarazo, que afecta al 30-50 % de los casos.
Ya no hace falta cirugía para diagnosticarla ni para empezar tratamiento. El diagnóstico se apoya en la historia clínica, que es lo más rentable, y en la ecografía ginecológica transvaginal con enfoque específico, que detecta endometriomas y signos indirectos como adherencias. Cuando se sospecha endometriosis profunda o afectación de intestino o vejiga se recurre a la resonancia magnética de pelvis. No existe ningún análisis de sangre que la diagnostique.
No. Una ecografía normal descarta endometriomas ováricos y lesiones profundas de cierto tamaño, que ya es información valiosa, pero no descarta la enfermedad peritoneal superficial, que no se ve con esta técnica. Es una de las causas del retraso diagnóstico: muchas mujeres reciben un «no tienes nada» tras una ecografía correcta y abandonan el estudio. Si el cuadro clínico es sugestivo, conviene continuar valorándolo pese a una ecografía sin hallazgos.
Es una enfermedad crónica, así que el objetivo del tratamiento no es curarla sino controlar el dolor, frenar su progresión y preservar la fertilidad. La primera línea es el tratamiento hormonal, que suprime el estímulo cíclico que hace crecer el tejido: anticonceptivos en pauta continua, gestágenos o dispositivo intrauterino con levonorgestrel. La cirugía se reserva para cuando eso no controla los síntomas, hay endometriomas grandes o están afectados otros órganos.